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OBRA RECIENTE: ISBN 9977-23-759-X 1ed., 183 págs. Pedidos
al tel. (506) 253-5354 ext. 122 |
Desinvenciones
Roberto Castillo
No se habla lo suficiente del cultivo que ha tenido el ensayo en Costa Rica, pero algunos de sus representantes tejen la que con toda justicia podría ser llamada fresca tradición en la que es dable encontrarse con muestras de una bien lograda madurez. Espontáneamente vienen a mi memoria títulos y autores que hablan de lo cimentada que se halla esta tradición.
La invención de Costa Rica, de Carlos Cortés, es una colección de ensayos que se cuenta entre esos libros imprescindibles producidos durante los últimos años. La invención aquí considerada se levanta desde la plataforma del mito, que no es únicamente narración, como suele entenderse en orden a los orígenes, sino sobre todo un determinado tipo de conciencia con el cual viven los humanos y les permite la explicación de sí mismos que necesitan. Desde él se miden las distancias y nacen las figuras más convenientes, que no cesan de reproducirse, de generar otros mitos.
Algunos de los textos integrantes de este libro fueron escritos hacia el final de la década del ochenta, otros a lo largo de los noventa y supongo que unos cuantos, cuya fecha de elaboración o de publicación no se precisa, son ya del presente siglo. Todos se agrupan en las tres partes que hacen la obra: "La invención de un país imaginario", "La invención de otra literatura" y "La invención de otra tradición".
"La invención de un país imaginario" es una mirada sobre la conformación del imaginario nacional de Costa Rica, constituido por mitos de integración y de exclusión. Carlos Cortés ahonda en la comprensión del "repliegue sobre sí mismo" que ha caracterizado a su país. Analiza el mito más firme, el de la democracia política, cuya procedencia remite a otros entre los que está uno cuyas raíces llegan hasta los días de la Colonia: el del buen conquistador, representado por Juan Vásquez de Coronado. Destaca tres mitos fundadores: la Virgen de los Ángeles, la Arcadia tropical y el soldado Juan. El primero es "absolutamente central en la composición de la nacionalidad" y "completamente insoslayable para entender los procesos de integración y exclusión cultural en Costa Rica", puesto que representa una fina y religiosa elaboración del asunto del mestizaje. La exploración de la Arcadia tropical fue iniciada por un libro de 1993, La casa paterna. Escritura y nación en Costa Rica, de Flora Ovares y Margarita Rojas, trabajo donde se analiza ese imaginado "paraíso de campesinos pobres, aislados, sin conflictos, sin clases sociales, étnicamente blanqueados y que, como resultado de su propia pobreza e igualdad de condiciones materiales y sociales, opta por la democracia." Éste es un mito para el que juega un papel importante el Valle Central y sirve de sustento a otro, el de la democracia rural, que a su vez abrirá de modo expedito el camino al de la democracia natural.
El del soldado Juan sería un mito de buena calidad. Salido de la campaña militar contra William Walker y sus filibusteros, que tuvo lugar entre 1856 y 1857 (a la que aquí se llama guerra de "fundación" de Centroamérica), representa para el país (menos azotado por acontecimientos bélicos que sus hermanos del norte) la gran oportunidad de construir una figura simbólica -Juan Santamaría- que reúna los principales y más acentuados rasgos de identidad nacional.
Más adelante, el autor reflexiona sobre la relación de amor/odio mantenida por Costa Rica con un mito mayor, el de la nación centroamericana que buscaba unificar Morazán, y remata con esta revelación sobre un país cuyo liberalismo siempre se demostró empresa exitosa en prácticamente todos los planos: los liberales costarricenses son conservadores en lo que toca a Centroamérica. He aquí, pues, la justa manera de explicar un aislacionismo de lo regional que tiene su compensación en la diplomacia. En este dominio Costa Rica ha dado numerosas pruebas de lo mucho que le importa Centroamérica. A lo largo de no menos de medio siglo, su lucimiento diplomático siempre ha sido oportuno. En tiempos más recientes, el primer centroamericano en recibir el Nobel de la Paz fue el presidente (1986-1990) Óscar Arias Sánchez. El premio le fue otorgado por su bien diseñada y efectiva gestión pacificadora de una región que se desangraba por la violencia y la guerra. "Esto es así porque nuestro aislamiento es "imaginario", ideológico, mientras que nuestra realidad es brutalmente geográfica: somos, hemos sido y seremos parte de Centroamérica, a pesar de todo".
Por último se detiene en los tres grandes mitos de segunda generación, que son el de la paz y la democracia, el del país que forma maestros y no soldados y el de la democracia centenaria. En ellos florecen imágenes de consenso como la carreta típica, que armoniza la bonanza económica dejada por el cultivo del café con la blancura de la población ("Si alguno de ustedes ha visto la "carreta típica" verá que ha "blanqueado" -de la misma manera que la ideología del mestizo blanco ha hecho con la sociedad costarricense- su primitivo carácter utilitario por el suntuario"). Interesantísima me resulta, por otra parte, la iluminadora visión sobre lo que pasó el 7 de noviembre de 1889 (y que posibilitó los fastos de la democracia centenaria en 1989): "Ciertamente, después de 1889 el país vivió los avances y retrocesos de una relativa consolidación de los hábitos de concertación democrática. Permitió, sin duda, una 'experiencia relativamente exitosa de construcción de un sistema hegemónico donde Estado, sociedad y nación fueron más coherentes e integrados en comparación con cualquier otro de los países centroamericanos'. Pero con las limitaciones reales de la democracia política liberal: a saber, fraudes electorales, manipulación de resultados, arreglos en la cúpula y sucesiones presidenciales 'ordenadas y concertadas' ". En aquellas elecciones, según su enfoque, la plebe fue utilizada como principio legitimador: "si el fundamento de nuestra democracia es esta 'plebeyización' de las elecciones, reduciríamos, entonces, la democracia a la movilización electoral y el pueblo o electorado a mera 'claque', hinchas o fans de un juego cuyas reglas de juego se apegan a la lógica de los intereses de la clase dominante". Con todo, a partir de entonces el sistema se institucionaliza y la democracia no es otra cosa que la compleja articulación que resulta entre Estado, sociedad y nación. Y, específicamente, desde el año 1902, se estabiliza un rasgo definitorio de la estructura política costarricense: "su extraordinaria flexibilidad y capacidad de asimilación de las contradicciones internas y de internacionalización de los conflictos externos".
Concluye recordando cómo los fisiócratas, con sus ideas centrales: la propiedad es un derecho natural, la agricultura es la fuente de toda riqueza y la economía un orden natural, sirvieron de soporte ideológico a esta "civilización del café" que desarrolló Costa Rica en el Valle Central a mediados del siglo XIX y que permitió en gran medida la sustentación del mito de la democracia natural, que es aquel donde convergen los demás y da plena justificación al individualismo, aislacionismo, blancura étnica de la población y nacionalismo acendrado. Contra todos los mitos, conceptúa la democracia como un presente vivido democráticamente, y advierte a sus compatriotas de la enorme responsabilidad que esto significa para que la más antigua, sólida y auténtica experiencia democrática de América Latina sea una construcción permanente y no una expresión vacía.
¿Por qué llama a la segunda parte "La invención de otra literatura?" Sin duda la respuesta es ofrecida por el título de uno de los ensayos, "Expulsados del paraíso (la ruptura de la imaginación consensual"). Y es que la expulsión, necesariamente, significa ganar cada inventada página con el sudor de la frente y aun así someterse a los tormentos de la duda: ¿qué vigencia podrá tener lo conseguido? En este grupo de ensayos, todos de exclusiva significación literaria como también lo serán los de la tercera y última parte, Carlos Cortés da fe de la desintegración a que se ve sometido aquello que alguna vez tuvo solidez. Acercando su ojo al privilegiado ángulo del fin de siglo para ver mejor, repasa lo que ocurrió con la literatura costarricense a lo largo de una década, la que va de 1980 a 1990, tiempo en el que la narrativa, que tuvo una importancia muy grande en pasado, entró en una crisis a la que identifica como de las formas, lenguajes y estilos de narrar.
Tras haberse convertido el país, durante los setenta, en uno de los vértices culturales de Latinoamérica (eran los días en que el emergente Ministerio de Cultura desplegaba toda su potencia multiplicadora; personalidades literarias, científicas o artísticas llegaban de visita desde distintas partes del mundo, se fundaban casas editoras de largo aliento y profunda huella, como la inolvidable Editorial Universitaria Centroamericana...), se desemboca en los años del desencanto, que son los ochenta. El Estado benefactor entra en crisis, una progresiva desideologización se apodera de todo, jóvenes incluidos, y una serie de paradojas domina el panorama. Las universidades han crecido de modo imprevisto, lo que arroja una sobreproducción de estudiosos de la literatura y críticos que ya no encuentran obras en las cuales ejercer su oficio. También aparece la aplicación de métodos que no tienen nada que ver con la cultura ni la literatura costarricenses. Todo esto determinó una reorientación del espectro cultural y social, que entre sus resultados trajo el fortalecimiento de la imagen. La adquisición de obras pictóricas hace fiebre, las artes escénicas se sofistican, la televisión y el vídeo entran en una expansión imprevista y desconcertante.
Remata su análisis en el señalamiento de que la novela costarricense fue a parar a un callejón sin salida porque se vino abajo el aparato cultural socialdemócrata que estaba detrás de tantas manifestaciones (ha de recordarse que Costa Rica es uno de los raros países de América Latina donde el literato -y el intelectual en general- no se ha forjado en la guerra natural contra el Estado, sino que, más bien, ha sido cobijado y asistido por éste). La crisis del género novelístico es la crisis de la construcción de lo real, y está bien reflejada en la obra de autores como Alfonso Chase y Carmen Naranjo, "críticos al proyecto socialdemócrata", "a la vez herederos y detractores de su discurso desarrollista". Y todo esto es historia, porque son las fuerzas de ésta las que actúan desde el fondo: ha llegado a su fin un largo periodo, el de la modernización (1948-1980), que diera cabida a tantos nuevos actores. Fue precisamente en él que "Los jóvenes airados habían jugado a hacer la revolución, bajo la mirada atenta y patriarcal del Estado-nación, pero el juego terminó".
"Gulliver y el desprestigio de la realidad (ensayo para la desorientación general)" es una serie de ideoclips en los que se agita la preocupación por la narrativa. Con vivacidad, saltan nombres y situaciones. "Éste no es un panorama o un paisaje, sino que son nombres. La narrativa costarricense actual..." "...tiene nombres, figuras, imágenes, pero carece de un rostro definido, de una identidad. No una novelística, sino novelas; no narrativa nacional, sino narrativas". La broma de Carlos Fuentes: "Los mexicanos descienden de los aztecas, los peruanos de los incas y los argentinos descienden de los barcos", le hace preguntarse: "¿De dónde descendemos nosotros, si no es de nuestro propio sueño turbio? Complejo "rubendariano" al revés: no como los nicas, por haberlo tenido, por tener que matarlo, sino de no haberlo tenido, por tener que inventarlo e intentarlo".
Los viejos nombres, como se dice en alguna parte, están "en espera de una relectura, de una crítica de los parricidas". Y es que eso, más que cualquier otra cosa, es lo que representa La invención de Costa Rica: un sugestivo intento por releer la cultura y particularmente la literatura de un país, con las que el autor no cesa de dialogar, a las que no deja la opción de la herrumbre porque una y otra vez revuelve las significaciones que ellas tanto esconden como exhiben con facilidad sospechosa. Tal es su manera de entender la propia responsabilidad con el acervo.
Acusado a menudo por sus compatriotas de hipercrítico ante lo costarricense, Cortés responde alborotando la curiosidad dormida, desmontando invenciones para reinventar el sentido de lo que fue, pidiendo como mínimo a las generaciones que vendrán un esfuerzo crítico de alcance similar a este que él, hoy, se demanda capaz de levantar.
No se queda simplemente en apreciar lo menudas que pueden ser las cosas en la patria chica (a la que, por lo mismo, uno grande la sueña, para decirlo con alusión a una idea de Rubén Darío que ronda a lo largo del libro), también hay admiración de la más genuina: por obras olvidadas de autores olvidados, por textos cuya vigencia merece más que una mención o un rápido comentario, por descubrimientos temáticos que lo dicen casi todo, como el del limbo en una de las novelas de Fabián Dobles; por pintores, coreógrafos y hasta por el fútbol, ese que quizá sea "arte visual para la mayoría" y que nunca resulta suficientemente valorado porque "El escritor escribe para escritores. Amarga verdad".
Retomo inquietudes de Carlos Cortés. Pongo signos de interrogación a las que son afirmaciones y no me atrevo -porque no me compete- a dar ninguna respuesta. ¿Por qué escribir? ¿Para quién? ¿Vale la pena el esfuerzo de esos libros bien logrados que sólo digerirán cuatro lectores, uno o ninguno? ¿Vale la literatura como acto de onanismo? Y, al cabo, ¿qué es lo que queda de la crisis de la narrativa? Queda Gulliver dormido (alusión a una fábula de Samuel Rovinski), de cuyos ronquidos y resuellos -truenos, en realidad- se pregunta si "no anuncian las palabras que no se dicen, los acontecimientos que no se interpretan". Propone rehablar las palabras, ir a lo que se oye, escribir mal (pero con ganas, agrego yo). "La narrativa insultante, el cuento deplorable, el escarnio, el mal gusto, el kitsch, el himno miserable, la proclama rebajada, la arenga inútil, el escupitajo diáfano, la "patria insuficiente" de Diana Ávila, pero no el bostezo ni la solemnidad ni la seriedad ni la impostura del "tú" de los periódicos". Desatar las crisis, andarlas y desandarlas: "crisis de la ideología como lectura dominante de la realidad. Crisis de la palabra crisis". Y la pregunta acerca de qué es escribir se revierte en otra: ¿qué es la sociedad? "¿Somos un país o un afiche?"
Si los de "Gulliver y el desprestigio de la realidad" miran hacia la narrativa, los ideoclips de "Los hijos de Debravo (cantos, contracantos y desencantos)" se orientan hacia la poesía de Jorge Debravo (1938-1967), al que el autor llama "espectro vivificador", como centro que organiza. ¿Por qué él y no otro? Porque sus ojos sirvieron de ayuda para ver. Tal fue lo que de ellos recibió la última generación de poetas costarricenses, de la que Cortés se siente parte. Y no habla tanto de sus versos como de la Poesía (así, con mayúscula) misma, que eso y no otra cosa era el poeta con todas sus transmutaciones. Vigencia de una voz excepcional, a la que ve extenderse desde los 60 hasta el 80, año a partir del cual "su huella se torna más difusa, se mezcla, o hasta se borra en una playa de innumerables pisadas".
La narrativa de los ochenta fue (y sigue siendo) signo de interrogación y, acaso, constatación de un vacío; por su parte, la poesía de ese tiempo vino a ser menos densa que la producida durante la década anterior y también "perfectamente infiel hacia sí misma y recorrió todos los senderos imprevisibles, desde el prosaísmo decadente hasta el delirio amoroso, pasando por la épica y la intimidad, el desgarramiento, el vitalismo y el escepticismo existencial". Cinco libros habrían contribuido en nada pequeña medida a procurar el tejido de la nueva sensibilidad y fueron, además, experiencia de lenguaje y documento histórico-estético: La estación de fiebre (1983), de Ana Istarú, Los reductos del sol (1985), de Mía Gallegos, Retrato en familia (1986), de Osvaldo Sauma, Isla (1988), de Juan Antillón y La tinta extinta (1990), de Carlos Francisco Monge.
La poesía de los ochenta también registra lo ganado durante la década anterior en términos de cultura. Así lo sintetiza el autor: "Marginación, dispersión, principio de exclusión, ilegibilidad". Concentra su atención en dos libros de Alfonso Chase, Obra en marcha (1982), que reúne la creación de 15 años, y Entre el ojo y la noche (1990), que la culmina. En este último "logra la síntesis entre una visión interior del mundo y la exacta dicción para nombrarla".
No se queda sin referirse a la hechura demasiado perfecta de los veintitantos mil versos con que Laureano Albán ha llenado la década. Nos recuerda que a la pobreza poética de su tiempo y circunstancia, "opone la abundancia; al hueso, la suntuosidad de la carne; a la miseria, la ostentación, la ornamentación; al epigrama, la epopeya; a la oralidad, la tradición culterana; a la historia, la peligrosa intemporalidad". Y se permite restregar sobre la memoria de los lectores de La invención de Costa Rica eso que no debería pasar desapercibido a nadie con suficiente sensibilidad, la advertencia de Albán, que dice:Vigilad el milagro.
Suele doler su luminosidad.A pesar de las condiciones casi ideales de Costa Rica (país alfabetizado en altísimo porcentaje y políticamente estable, dueño de una verdadera industria cultural), sus escritores siguen, en la visión de Carlos Cortés, a la espera de la universalidad posible, de la inserción con lo propio -es decir, sin diluirse- en un movimiento internacional de proporciones mayores. Tampoco ha tenido la hermana nación del sur esos "recursos" que en otros países fueron tan expeditos para catapultar como creadora respuesta la obra literaria (especialmente Guatemala y Nicaragua): la enriquecedora presencia de lo indígena, las dictaduras con sus secuelas represivas, la guerrilla o la revolución... Consciente de que entre 1985 y 1995 se ha vivido la eclosión de una nueva literatura, señala las características de esta -para él- nueva frontera, que se dan en torno a textos y autores, editoriales, modelos de difusión y temáticas "fronterizas" cuya renovación ve "dentro de los límites del retorno al realismo que se produce en Latinoamérica desde los ochenta y de la vigencia actual del relato -de la fábula, de la historia bien contada- por encima de la forma. Ya no hay espacio para la narrativa experimental o para los excesos técnicos, sino que prevalece la comunicación con el lector. La eficacia comunicativa, la eficacia del argumento, del hilo conductor". También se vuelca sobre el remudar generacional, que a menudo es revoltura, pues creadores de vieja trayectoria sorprenden con lo novedoso de sus propuestas.
Encuentra que es en la novela donde está el motor de cambio en lo tocante a géneros literarios. Descubre que, aunque existen nuevas vías de legitimación -demasiado paralelas a las del nada lúdico juego mercantil-, hay una frontera aún imprecisa en la que se disputa lo que puede o no puede vender un autor nacional para ser tenido por escritor internacional. Hablamos tanto de ella que la expresión "literatura latinoamericana" ya vino a ser uno de los más eminentes lugares comunes. Y, sin embargo, la literatura latinoamericana (ya) no existe, según este libro. Ha de recordarse que Latinoamérica adquirió identidad desde la mirada externa, pero en un determinado momento las fuerzas centrípetas se impusieron sobre las centrífugas. La literatura no fue la excepción, ni mucho menos: vino a ser la expresión mayor de algo muy grande, sólido y compacto: continental, en una palabra. La idea (¿o era sólo un sentimiento?) de universalidad que acompañaba al así llamado "boom" ha desaparecido del todo. Latinoamérica ya no es ninguna periferia con centro que conquistar, y el tiempo actual ya no permite hablar de universalidad, sino sólo de mercado, que es aquello a lo que todo se ve reducido. Mercado en el que la demanda de los libros editados condiciona la oferta, el sistema de recepción dicta las pautas al de escritura. Podría ser que la literatura sea ya parte de la industria del entretenimiento y no se haya dado cuenta. Esta gran industria permite la adecuada colocación de algunos contenidos locales, según el lugar de venta de un mismo producto.
Problema de Latinoamérica, sobre todo al abordarla a través de la literatura, es el de su identidad. ¿Pero de qué identidad se trata? ¿No será mejor hablar de identidades, ahora que todo se ha fragmentado? ¿No tendrán, eventual y relativamente, por supuesto, más que ofrecer las micro-identidades que esta grande y soñada identidad absorbente, que también correría peligro de convertirse en gigantesca camisa de fuerza? Uno de los atractivos del libro de Carlos Cortés reside en que despierta en el lector preguntas como éstas, a tono con las que él mismo se hace, a tono con la confusión que señala para el recién terminado fin de siglo (que pasó sin que pasara nada). Y de la relación actual de esta orilla con España, tan importante en los años sesenta para promover y consolidar el fenómeno del "boom", concluye que se sigue dialogando en el mismo idioma pero escribiendo distinta literatura.
En los últimos ensayos de esta segunda parte de La invención de Costa Rica ("La modernidad huidiza", "Enciclopedias de maravillas", "¿Para qué violines sin ideas?" y "Expulsados del paraíso"), el razonamiento se pasea por la poesía contemporánea de ese país y hay una evocación de suplementos culturales que jugaron un papel en la iniciación de Cortés como escritor; también se incluye una visión de la bancarrota cultural del modelo socialdemócrata implantado desde el instituto político que fundara don José Figueres Ferrer tras la guerra civil de 1948, el Partido Liberación Nacional, y de lo que significan las obras literarias que se inscriben -y escriben- fuera del paraíso imaginario, esas que apuntan a la desmitificación total de una Costa Rica moldeada nada más como destino turístico.
Para fundar se ha de crear en alguna forma. La tercera parte del libro está constituida por pinceladas de inquietas palabras que buscan levantar la tradición literaria, ponerla a tono con lo que pasa hoy, reinventarla y sobre todo revolver en ella para que los nombres y las obras no se llenen de telarañas.
El primero en ser alborotado por esta vía es Max Jiménez (1900-1947), subversivo de la posguerra que en el París de los surrealistas tenía un atelier donde pintaba, refugio por el que a menudo se dejaba caer -entre otros grandes- el poeta César Vallejo. Lo ve pura vitalidad oscilante "entre la euforia de los paraísos artificiales y el fracaso de no hallar la forma perfecta". El texto de Carlos Cortés sobre su compatriota millonario que vivió con intensidad excepcional y estética, es modelo de cómo acercarse a una gran figura del pasado, insuficientemente valorada pero sugestiva como pocas.
En "Joaquín Gutiérrez, contemporáneo de todos los hombres", no sólo prevalece de principio a fin el entusiasmo por "la voz que es Joaquín" o por su "poderosa máquina verbal", sino que se desborda. Joaquín es el que libera las contradicciones que estrangulan a otros, el que pastorea los vocablos precisamente porque tiene una patria: las palabras, única en la que halla ciudadanía el poeta. El texto hace que su lector abra los ojos de admiración ante lo conseguido por Joaquín Gutiérrez narrador: trastocar el viejo paisaje criollista por el del hombre y sus pasiones.
En "Fabián Dobles: autorretrato de la memoria", sabe bien cómo revitalizar el interés por un viejo escritor que nunca ha dejado de ser vigente. Cuando yo lo descubrí, a comienzos de los setenta, el autor de las Historias de Tata Mundo (donde la narración se riega, libre, hasta tocar otros ámbitos, como el de Honduras) no me pareció encasillado en ninguna de esas clasificaciones que con facilidad se vuelven estereotipos planos y, por supuesto, limitantes. Todo lo contrario, lo suyo me supo al producto de un novelista que, viniera la moda literaria que viniera, siempre hallaría recepción porque descansaba en su propia y auténtica necesidad de contar, de tener "cosas" que decir. Cortés defiende a Fabián Dobles de la fácil acusación de criollismo, propia de los "juzgadores" que sólo consiguen percibir la naturaleza de los objetos narrados, pero se les escapa la calidad del vuelo imaginativo que la aventura estética realiza. Así, les recuerda, valiéndose de abundantes ilustraciones como para que no vuelvan a despistarse, que lo representado por Dobles es la búsqueda, "por encima de la contingencia social, de una verdad más alta y superior que pasa directamente por la recuperación del pequeño universo individual de sus entrañables personajes y que los retrata en su más insospechada humanidad". Cómo transmite Carlos Cortés a sus lectores la sensación que le ha dejado "esa voz narrativa que todo lo sabe y todo lo cuenta"; a él, que en este libro que hoy comento se demuestra buen conocedor y desmantelador de mitos, parece habérselo ganado esa estupenda mitología del yo a la que se llega por tantas veredas que abre la prosa de Fabián Dobles. Ni duda me cabe: éste es un brillante ensayo sobre lo que significa el ejercicio literario de la memoria.
Retrato, y de los buenos, es "Don Beto Cañas". Los españoles suelen horrorizarse ante la manera que tenemos en Centroamérica de aplicar el don, pues la misma zigzaguea entre un hieratismo digno de la Edad Media y un "democratismo" que -en el caso de los conservadores- les asusta más que el traumático recuerdo de las guerras carlistas o de los encendidos e incendiarios discursos de la Pasionaria. Si leyeran a Carlos Cortés, se les aclararía todo, y con saludables gotas de humor : "Alberto Cañas adquirió el único honor que se conceden los ticos a sí mismos: el don sumado al apodo familiar, como en don Juanito (Mora), don Pepe y don Paco (Amighetti y Zúñiga). Como en la sociedad igualada -igualiticos por la serruchada de piso- la admiración es sospechosa, el don eleva y el mote rebaja, devuelve al personaje a la dimensión humana y a la desconfianza con que la tiquidad soporta, tolera o cercena a los caciques".
Don Beto, el que relativiza lo serio como para permitirse decir del Ulises de Joyce que nunca conoció a nadie que hubiera leído esta novela, que la globalización sólo beneficiará a Costa Rica con la producción de camareros, en el mejor de los casos, o de delincuentes. Gran conversador al que nunca le apareció un oponente de su nivel, y cuando los pudo haber resultó que todos eran sus amigos y por eso mismo nadie se metía con él. La presencia de don Beto apabulla. "En Costa Rica -observa Carlos Cortés- el parricidio se hace de a callado: ignorar es el mejor ataque. No se critica sino se conspira. El ambiente literario es un diálogo de sordos entre círculos de poder que se ignoran entre sí".
Con verdadera maestría para señalar las líneas interiores y exteriores de una personalidad, arroja de Alberto Cañas Escalante una síntesis perfecta y graciosa, producto de observar bien el choque de las dos fuerzas que mueven a un hombre mayor cuya contundencia e ímpetu provocador vienen a ser buenas respuestas a una sociedad de la que se nos asegura que es silenciosa a la polémica y al debate de ideas, circunstancia que condena a todos al monólogo y al consenso pasivo. Por otra parte recuerda cómo contrasta la ortodoxia literaria de don Beto -que lo llevó a declarar "escritor insoportable" a Julio Cortázar- con "su tolerancia personal, su heterodoxia humana y su sentido del humor".
"Eunice Amor" es una recuperación de Eunice Odio, fallecida en México en 1974 y cuyo aliento poético es de indiscutible naturaleza órfica. El texto tiene bastante de mosaico donde desfilan los nombres de Stefan Baciu, Miguel Ángel Asturias, Rogelio Sinán, Augusto Monterroso, Carlos Martínez Rivas, Carlos Pellicer, Efraín Huerta, Elena Garro... Y la lista sigue, sin detenerse, sin dejar de iluminar la presencia que irrumpe, subyugadora, de esa bella mujer que "era un lenguaje en sí misma, una cifra, protopoética, oceánica en su interioridad. Por encima de una poética, la poeticidad era ella misma".
Por otra parte, Carmen Naranjo es captada bajo la figura de "Una mujer llamada palabra". Su difícil especificidad es ésa: "el extraordinario don de transmutar el mundo en palabras, en imágenes, en percepciones". Y ha sido gracias a este ejercicio que ella supo llenar un periodo significativo de la historia literaria costarricense, tiempo sobre el que su narrativa grabó -así lo refrendan, por ejemplo, las voces de Diario de una multitud- la "historia universal de don Nadie".
Relato de un viaje es "Instrucciones para acceder a Castalia", o sea el ingreso a la biblioteca de Alfonso Chase, el escritor que con una producción nada común por su calidad y también por su abundancia ha venido destacándose desde los sesenta en poesía, novela, cuento y ensayo, creando para sus lectores el dificilísimo problema de establecer en cuál de estos géneros es mejor, se supera a sí mismo, porque sus aportes en todos ellos le convierten en símbolo de la complejidad de Costa Rica. La admiración por Chase, de quien tantos aprendieron el oficio, consigue cristalizar en precisas imágenes: "Esa transmutación, de la que todos fuimos testigos, del amigo escritor, del viejo joven maestro, del joven viejo alumno, del judío de Manhattan de suaves modos y sonrisa enigmática convertido en un tirano, en un prócer errante, en un genio o trasgo de la historia, en el héroe de la Campaña Nacional o en un mito de la cultura nacional".
En otra de las piezas ("Mía Gallegos, entre el minotauro y el arcángel"), y haciéndose eco de lo escrito por el crítico Luis Bolaños, se refiere a la autora de Golpe de albas y Los reductos del sol en términos de plural y honda, cognitiva e intuitiva, instinto y psique. Valora esta poesía por lo radical, desnuda, rica, íntima y sonora que es.
El último de los ensayos, "Los huérfanos del absoluto", parece, de entrada, estar dedicado a sí mismo, a su propia evolución estética. Pero a quien rinde homenaje, en realidad, es a otro escritor de su misma generación: Rodrigo Soto. Para ello se remonta al tiempo en que ambos dieron sus pasos iniciales en la literatura. Días en los que palabras como crisis, absoluto o verdad no habían nacido para la conciencia. Ciudad, noche y belleza: tales eran las tres intuiciones que siempre acompañaban a los noveles caminantes. Viéndose en el lenguaje de aquellos años, aclara que "Rodrigo representaba todo lo que un "fresa" como yo -ahora diríamos nerdo- podía detestar". Valorando desde la actualidad la producción de su amigo, confirma que sus novelas son grandes preguntas y sus cuentos pequeñas y perfectas respuestas. Y como si de un sueño se tratara, despierta dentro de un instante en cual el absoluto ya es cosa ida. ¿Cosas de escritores? ¿Experiencia generacional que quita o pone los temas?
Al lector de La invención de Costa Rica no le toma mucho tiempo advertir que su autor no permite que libros ni escritores envejezcan, precisamente porque se demuestra capaz de abordarlos de modo renovado y porque ellos, desde su oculto poder de soportar y devolver significaciones, lo estimulan. También percibe y sabe exponer, pastoreando bien las posibilidades que le brinda el ensayo, las sutiles gradaciones de un país que tiene por principal seña de identidad la de haberse vivido inventando como experiencia político-cultural.