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El abuelo en el espejo ISBN 9977-23-659-3 Precio sugerido: ˘ 2.500 1 ed., 87págs. Pedidos
al tel. (506) 253-5354 ext. 122 |
Carlos Francisco Monge
Algo sorprendido quedé cuando me pidieron hablar hoy en el homenaje que les ofrece la Universidad Nacional a Jorge Charpentier y a Faustino Chamorro, al concederles el emeritazgo académico. Y esa sorpresa se debió, según creo, a que en ocasiones anteriores me he visto en la tarea de referirme a las obras literarias, a las formas de pensamiento o a las virtudes de este o aquel artista; y siempre es difícil hablar de una persona, en su presencia, sin creer que se hace por simple protocolo. Por ello, no sé realmente por dónde empezar: si hablar de una vieja amistad, si referirme al oficio literario, o si detenerme en la actividad universitaria. Los tres temas dan para mucho. Sí puedo decirles que la verdadera amistad se forja con el paso del tiempo, con el trabajo común y compartido, y sobre todo con las deudas de gratitud. La Universidad Nacional les da hoy las gracias a dos amigos y colegas que jamás han escatimado fuerzas e inteligencia para honrar su misión.
Entre otras cosas, el diccionario nos dice que emérito era, para la Roma antigua, el soldado ya retirado que disfrutaba una recompensa por sus servicios. Esa vieja noción pasó con el tiempo a convertirse en un símbolo y en una virtud. Pese a que en nuestro país hemos tenido que oponer, por razones políticas, ambas nociones, algo tienen en común el soldado y el maestro. Y, de veras, cuando conocí a Jorge Charpentier, en mis ya lejanos años de estudiante universitario, tuve la sensación de que quien fuera poeta, y además profesor de literatura, debía tener algo de apóstol o de expedicionario. Eran mis iniciales escarceos por el mundo de las letras, y por entonces el suyo era para mí solo un nombre impreso en las carátulas de algunos libros de poesía. No me extrañó verlo en la nómina de profesores de literatura, cuando ingresé en la carrera de filología; y desde entonces quise saber más de su persona y de su temperamento. Es lo que suelen hacer los estudiantes: tomar distancia y medir el terreno. Dos o tres años bastaron para trabar una buena amistad: leí sus libros, él leyó mis primeras y tímidas tentativas versificadas; y desde entonces no hemos dejado de intercambiar libros, ideas y celebraciones.
Aunque me siento muy tentado a ello, no es esta la ocasión para detenerme en un análisis, por somero que resulte, de su obra literaria. Algunas páginas andan por ahí que le harían más justicia que estas pocas palabras de hoy. Pero quisiera, cuando menos, confesarles una reflexión que en forma de pregunta me hacía antes de acudir a esta reunión: ¿por qué es tan frecuente que un escritor se dedique a la docencia; quiero decir, a la enseñanza en el campo de las letras?; ¿es que no le basta con su vocación artística? ¿Pesa más la necesidad de comunicar sus secretos como artista, que su indispensable soledad como creador? Tengo para mí que la respuesta, por muchas que sean sus variaciones, es una: el poeta es un aventurero, un jugador y un hablador; y por su lado, quien tiene la auténtica vocación del docente sabe que el conocimiento es una aventura; que vivimos de él aunque lo sabemos efímero y cambiante; y que trasmitirlo y difundirlo es un deber.
Jorge Charpentier ha enseñado literatura durante toda su vida, la profesional y la privada. Su temperamento les ha exigido a sus estudiantes la disciplina, la atención y la empatía con la palabra artística. No siempre es fácil separar los hábitos y manías pedagógicas de un profesor, de sus enseñanzas y frutos, pero no he sabido de alguien que luego de haber pasado por las lecciones de Jorge no haya aprendido a valorar desde una nueva luz las aventuras verbales de los grandes escritores. Hacer arte, y al mismo tiempo desmenuzar críticamente sus alcances y alternativas, es uno de los rasgos de los llamados tiempos modernos; y cuando un escritor se dedica además a la enseñanza, es porque tiene la convicción de que la literatura es algo más que papel impreso. Con ella leemos nuestro mundo, e intentamos integrarlo a nuestras circunstancias.
He escuchado las lecciones de literatura de Jorge Charpentier; y en ellas la sobriedad no riñe con el rigor. No hay recetarios, no hay letanías terminológicas, no hay abigarramientos: hay disposición pedagógica, porque él es un apasionado de la lectura, y un profesor que desafía a sus estudiantes a participar con igual fervor en la ceremonia literaria. El poeta Ezra Pound decía que una obra de arte vale por cuarenta prefacios; y lo mismo cabe, me parece, de una buena lección: no es necesario el pizarrón para hablar bien de un poema, ni una batería de carteles para comprender el valor de una obra memorable. Tal vez ocurre esto porque el compromiso con el conocimiento está más cerca de un ritual que de una técnica; es más una iniciación que una meta.
Con la fundación de la Universidad Nacional -todos aquí lo sabemos- una buena parte de la generación estudiantil a la que pertenecí hizo sus primeras armas en la nueva Institución. Todo era esperanzas e ilusiones: hervían las ideas, los proyectos políticos, las expectativas profesionales, y también -cómo no decirlo- la urgencia de contar con un salario. En esos días iniciales de la Universidad Nacional me reencontré con Jorge Charpentier, quien junto con otras notables personas de esos años (entre ellas Faustino Chamorro) se esforzaban por organizar y darle forma a la Escuela de Literatura y Ciencias del Lenguaje, y al Centro de Estudios Generales. Puede ser que muchas de las ideas originales que dieron origen a nuestra Institución hayan quedado en el camino; eso no debe sorprendernos en estos tiempos veloces e imprevisibles. Y puede ser también que la Universidad Nacional tenga que replantear sus modalidades de trabajo y estructura. Pero no su misión. Seguramente en su etapa como dirigente de la Institución, Jorge Charpentier vio muchas veces la ocasión para hacer de la nueva Universidad una casa del saber, donde todas las formas de acercamiento a la realidad fueran al mismo tiempo plurales e integradas. Hoy sabemos que solo en parte se han cumplido esas expectativas; por momentos la variedad se ha convertido en disgregación, y la integración en centralismo. No sé si han cambiado las formas, los objetivos, o ambas cosas. La Universidad Nacional de Jorge Charpentier o de Faustino Chamorro tal vez no sea la misma de hoy; las fuerzas de la historia (o las externalidades, como dicen los sabios de nuestros días) nos obligan a otros menesteres para situarnos, sin claudicar, a la altura de los tiempos.
A veces no podemos respondernos si esas fuerzas vienen de lejos o se hallan ocultas a la vuelta de la esquina; sabemos que planifican nuestro destino, y que quisieran dirigir nuestra existencia. Hay quienes ven las universidades como empresas o industrias, nada más; y miden su valor en términos de metas de producción y réditos financieros. Con esto quiero decir que hay seres que burocratizan el saber; pero hay otros por fortuna que lo han hecho vivir, con su ejemplo y su trabajo cotidiano, convencidos de que el conocimiento se siembra en los libres campos de la verdad, y no en las gélidas alturas del poder.
Todo eso me ha hecho recordar un bello pasaje del Quijote, con el que debo ya concluir. Decía en una ocasión el héroe cervantino:
"No todos los caballeros pueden ser cortesanos, ni todos los cortesanos pueden ni deben ser caballeros andantes: de todos ha de haber en el mundo; y aunque todos seamos caballeros, va mucha diferencia de los unos a los otros; porque los cortesanos, sin salir de sus aposentos ni de los umbrales de la Corte, se pasean por todo el mundo, mirando un mapa (...) pero nosotros los caballeros andantes y verdaderos, al sol, al frío, al aire, a las inclemencias del cielo, de noche y de día, a pie y a caballo, medimos toda la tierra con nuestros mismos pies".
Heredia, marzo de 1995.