AL PIE DEL MONUMENTO A
DON JOAQUÍN GARCÍA MONGE

Palabras dichas por
LUIS FERRERO
el 30 de octubre de 1998
ante estudiantes del cantón de Desamparados


ESTA MAÑANA QUIERO RECORDARLES, queridos niños y niñas, un consejo de don Joaquín. Decía él: "Si tres que se reúnan en nombre de alguien bastan, yo seré el cuarto. Lo que vale, lo que trabaja y crea es que los jóvenes se ambos sexos en alguna parte se reúnan con frecuencia, en nombre y de alguien y en él piensen con nobleza".
Y hoy nos reunimos para recordar al Maestro don Joaquín, porque su palabra es americana y hay que hacerle auditorio para que haya una fe, una esperanza. Y para renovar esa fe, esa esperanza, quiero que ustedes niños sepan que don Joaquín siempre pensó en ustedes, los niños y niñas. Y más que mis palabras quiero que ustedes, escuchen algunas noticias en palabras de don Joaquín.
Desde los primeros años del siglo 20 don Joaquín se empeñó en que los niños se alimentaran con leche de leonas y no con baratijas, es decir, que los niños deben disfrutar de la lectura de los mejores autores porque "hay que dulcificar y civilizar a esta humanidad nueva, a fin de que sea menos cruel y egoísta".
Por ahí, en las páginas del periódico "La Prensa Libre", del 9 de junio de 1954, don Joaquín confesó al periodista que él empezó a leer seriamente desde los diez años y que en compañía de los libros había vivido contento. Todos los días alguno o algunos libros buscaba. Los trataba para consultarlos, para oírlos, para reflexionar lo que le decían. Y le señaló que los libros estimulan a pensar, emocionan, apasiona, consue-lan. Pero añadió: leer es releer, y así se saca provecho.
Y esta confesión del maestro me recuerda que en la finca "La Raya", cuando se dedicó a sembrar verduras y flores, don Joaquín se empeñó en "fundar bibliotecas para que por las tardes círculos de niños, tengan salones para leer en conjunto o para divertirse cultamente, de niños que jueguen al aire libre que cultiven en un campo especial, flores y otras plantas; de niños que en las horas de ocio se dediquen a los trabajos manuales, al dibujo, a la música y al arte".
Pensaba don Joaquín que "educar es sacarle alas al alma. El alma educada aligera el vuelo, o el paso. Lo alegra también. y por eso él mucho se empeñó en niños que han aprendido a leer, porque andan. Quien no lee, marca el paso y así se queda". Y como quería que los niños se aficionen a las buenas lecturas no dudó en publicar muchos libros para los niños de América como la preciosa Edad de Oro, de José Martí donde los niños saben de los héroes (Bolívar, San Martín, Hidalgo); aprenden a ser finos con sus amigas (para la amiga, una flor en la mano). Y con la buena lectura compartida hay convivencia de la mayor importancia.
Y don Joaquín mucho se empeñó en llegar a los niños, con recitaciones, canciones, vida pintoresca de animales y plantas, con relatos y descripciones de viajeros y, sobre todo con el folclore (cuentos, fábulas, leyendas, canciones y juegos que son dramatizaciones infantiles).
Y a los padres y maestros les decía que al niño la literatura que más conviene y le interesa es la folclórica, de su gente de su tierra. Literatura folcló-rica, como expresión directa de pueblo, o ya incorporada y vuelta a decir por los autores nacionales, los que de veras sientan y comprendan el alma de estos pueblos. No hay mejor medio para crear en firme la patria, o la Matria, como estado de cultura. Y por eso los autores nacionales deben los primeros que los niños deben conocer para que vayan penetrando en el saber del pueblo. Y por eso a él le debemos que Carmen Lira hubiese recogido los Cuentos de mi tía Panchita y que María Leal de Noguera hiciera lo suyo con los Cuentos viejos. Y muchos otros poetas como Fernando Luján, Luis Morales, Juan Manuel Sánchez, Carlos Luis Sáenz a quienes don Joaquín tanto guió y dio a conocer.
Y entre otros consejos, don Joaquín les decía a los padres y madres que la cosa es no darle a los niños baratijas literarias. Darles leche de leonas, enjoyarlos con lo mejor que en nuestra literatura indígena, española e hispano-americana, antigua y nueva, se halle porque con esta riqueza sería posible crear o recrear estas naciones america-nas tan desorientadas, en lo fundamen-tal de su cultura, como un poder propio, como un estado de conciencia.

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Y ahora con la gente mayor.
Si bien he recordado la preocupación de don Joaquín por la formación cultu-ral de la niñez, no quiero que se interprete esta remembranza como si don Joaquín fuese un "abuelito bueno". ¡No! Urge desmitificarlo pero sin falsear la verdad, pues él es uno de los guías de América. Urge conocerlo realmente en su contextualidad para saber cuál es su contemporaneidad, ¡que es mucha!
Don Joaquín fue un rebelde, un libertario, un hombre insobornable al que no pudieron comprar gobiernos ni empresas multinacionales, ni dictadores ni partidos políticos. Era un hombre vertical y recto consigo mismo y con sus ideas. Y por tal rectitud, los politiqueros, haciendo más y más estragos, nunca dejaron de tenerlo en la mira.
Para quienes lo tratamos, don Joaquín era el prototipo del Hombre Solar, y como dijo Martí "del Hombre Solar no se puede pensar en él sin vida y esplendor. Solares son los héroes; y también lo son los santos los sabios, los místicos, los redentores, los quijotes, los sacrificados, los profetas, los bienhechores, los filósofos, los filántropos, los civilizadores, cuantos llevan luz. Y por eso, precisamente, se "quedan solos".
Don Joaquín no le temía a las ideas por peligrosas que parecieran. Aunque discrepaba en ideas, era respetuoso con las ajenas con un claro sentido de tolerancia, una serena comprensión de la convivencia civil, de la amistad que puede mantenerse limpia junto a las divergencias en las ideas.
Y por eso dio acogida en su "Repertorio Americano" a muchas voces que hoy son interpretadas como fascistas sin que aclaren qué entienden por fascismo. Precisamente don Joaquín era un antifascista de pura cepa y por eso hasta fue a la cárcel cuando dio a publicidad un artículo sobre atrocidades de Mussolini en Abisinia. Olvidan que solo la muerte pudo privarlo de combatir esa monstruosidad política que se llama el fascismo, el azote más terrible que la cultura ha hallado en el mundo y por eso lo combatió sin tregua.
Y algunos universitarios, profesores de la Universidad de Costa Rica, ahora nos presentan a un don Joaquín distor-sionado, se basan en información des-contextualizada confundiendo la histori-cidad, atribuyéndole a García Monge ideas de otros autores, y así lo hacen por que publicó algunos artículos en "Repertorio Americano", artículos con ideas diametralmente opuestas al pensa-miento de don Joaquín, pero que él acogía porque él no le tenía miedo a las ideas, por peregrinas o contrarias a su pensar, repito.
Pareciera que quienes nos dan esa imagen distorsionada de don Joaquín se acogen a la moda pasajera, cargada de presentismo, que quiere presentarnos una figura distorsionada de la férrea figura de don Joaquín acogiéndose a aquello de cuán fácil es juzgar a los muertos porque se tiene seguridad que no se pueden defender.
Pero, en el caso de don Joaquín, se hace realidad la verdad bíblica: "por sus obras los conoceréis". Y, en efecto, don Joaquín hizo lo que pudo desde princi-pios del siglo 20 en el movimiento de los ácratas. En muchos aspectos marcó rumbos. En educación, en los movi-mientos obreros, en literatura, en digni-dad política, en su acercamiento hacia los humildes y desposeídos, en amor continental y en la dignidad del ser humano. No en vano él sustentaba toda su obra y pensamiento, en la justicia civil y la libertad. En la belleza y el bien como bienes supremos.
Hecha la aclaración que don Joaquín no era un "abuelito bueno", sino un Hombre Solar, hora es de recordar alguno de sus consejos. Y en este caso, su entendimiento de los bustos en sitios públicos. Y a eso voy.
Don Joaquín quería bustos que fuesen advertencia, amonestación al pasajero curioso y despertaran en quienes los contemplarán amor y conocimiento, porque sin amor y conocimiento no hay admiración ni imitación ni acción-tal idea expresó en 1942 en su discurso de inauguración del bronce a Domingo Faustino Sarmiento, obra de Belloni.
Y esto significa que a don Joaquín no le gustaba pensar en términos de cortes y rupturas. Pero eso sí en ciertas búsquedas porque hay algo palpitando, más allá. Hay ciertos caminos por recorrer para no repetirse o quedar en la marginalidad sino desplazándose con libertad en la creación.
En síntesis, don Joaquín pedía ami-gos, auditorio, fe, es decir, que los bustos provoquen amor, conocimiento, admiración, imitación, acción. En sus últimos años mucho lo oír su prédica de la técnica del Espíritu, preguntaba si trabaja en los jóvenes. Preguntaba: "¿Trabaja Pasteur, su busto monitor modelado por Rodin, en el rincón en que está oculto? ¿o el de Sarmiento? ¿Cuántos jóvenes en el año se dan cita al pie de estos bustos? Sin esas nobles devociones, pasiones, las almas de los jóvenes ni crecen ni crean. Y así tantos otros monumentos de creadores del Espíritu, de cultura, en esta ciudad de San José y en otros lugares. No olvidemos que los monumentos se erigen, precisamente, para amonestar a los que se detienen, a los que se buscan porque se parecen".
Y la amonestación que nos recuerda este monumento a don Joaquín, es aquella máxima de quien cree, crea; y quien crea, crece. Y que estos tres verbos en infinito: CREER, CREAR, CRECER nos sirvan de guía en todos los actos de nuestra vida.
Y he recordado este consejo de don Joaquín porque nos hemos reunido con el corazón de americanos agradecidos para, al pie del monumento de don Joaquín, para renovar nuestra fe en la gran patria americana.