GARCÍA MONGE ECÓLOGO
Por Luis FerreroAl amigo
FERNANDO HERRERA VILLALOBOS
gran escudriñador de la vida y obra de don Joaco
RECUERDO HOY al maestro García Monge. Él era una conciencia objetivada por una necesidad anímica. Quizá obedeciendo al instinto agrario de sus abuelos, su vida estuvo íntimamente ligada con la protección del ambiente.Y
En 1904, don Joaquín celebró por primera vez en el país una Fiesta del Árbol. Entonces era profesor en el Liceo de Costa Rica. Él y sus alumnos decidieron plantar arbolitos en el Campo de Agricultura del Liceo. Ese día les dijo palabras exhortativas para defender la naturaleza. (Su discurso fue publicado en la revista "Páginas Ilustradas", año 1, Nº 17, pp. 398-400, mayo de 1904, acompañado con algunas fotografías que tomó Nathaniel H. Rudd).
Tal acto le trajo rencores de gente retrógrada. Algunos profesores interpretaron esta celebración como algo impropio: se horrorizaron que un profesor llenara sus uñas con tierra. Y aprovecharon la coyuntura para que el presidente Ascensión Esquivel despidiera a don Joaquín del cargo de profesor. Y acusaron a García Monge de subversivo, de estimular de la rebelión de los estudiantes que apoyaban al maestro Zacarías Salinas, director del Liceo. Y no extraña esta rebeldía de don Joaquín. En Chile, aprendió a protestar contra la injusticia. "En Chile, -escribiría años más tarde-, fortifiqué hasta la fecha el impulso contra todos los atropellos al bien, la verdad, la libertad y la justicia".Y
Al ser despedido de la cátedra, don Joaquín cambió el chaleco y la corbata. Se fue a su pueblo natal. Y en la finca "La Raya" o "La Luisa" (no recuerdo claramente), se puso a cavar hoyos, a sembrar y a cuidar arbolitos y hortalizas. Y, precisamente al cumplirse un año de la siembra de árboles en el Liceo, escribió su ensayo fundamental "El arado y la pluma".
Luego continuaría cultivando la tierra siempre jugosa y húmeda en un barrio de la ciudad de San José, en Turrujal, exactamente donde ahora está la Cooperativa Dos Pinos. Allí lo vio Rómulo Tovar cultivando hortalizas y flores. También atestiguaron el hecho los ensayistas Omar Dengo y Mario Sancho.
Mas la lección del cultivador de árboles no sería un brote sin estallar. Y así, se suscribió a publicaciones especializadas. En 1913 recibía informes de la Sociedad Ecológica Inglesa acerca del tratamiento del suelo, la erosión, la escasez de agua y la extinción de especies animales. Y empezó a entrever que el problema de otros países ya empezaba a presentarse en Costa Rica.
Preocupado por el peligro de un desastre ecológico, y motivado por las lecturas, les aconsejó a sus alumnos sembrar árboles. Omar Dengo, Carmen Lira, y otros estudiosos agrupados bajo el nombre de Centro de Estudios Sociales Germinal, decidieron en 1913 poblar un sector de La Sabana con árboles. Y don Joaquín les sugirió hacer del árbol símbolo del grato contacto con la naturaleza próvida y maternal.
Poco tiempo después, él aconsejó emitir el decreto Nº. 22, de 25 de marzo de 1915, para celebrar en todas las escuelas del país el Día del Árbol. Por su fe en que las ideas permearían las mentes infantiles, no se cansaba de acompañar a maestros rurales en la siembra de árboles frutales a orillas de los caminos, y en las márgenes de los ríos para proteger las cuencas.
También unió sus esfuerzos con los de otros amantes de la naturaleza para repoblar de árboles nativos unos eriales al norte de la ciudad de San José. Poco después, allí se instaló el Parque Zoológico que don Joaquín recomendó bautizar con el nombre de Simón Bolívar.En: Al Dia, 6 de abril de 1993.
SE JUEGA CON LA
SUPERVIVENCIA DEL HOMBREAl amigo pintor
FABIO HERRERAVEA LAS MONTAÑAS alrededor de San José. Tan peladas de árboles. Dan grima, desazón, disgusto, horror. Y, al verlas, cada día viene a mi memoria el recuerdo del Benemérito de la Patria Joaquín García Monge.
Y
Constantemente él predicaba sembrar árboles y respetar la naturaleza. Su consejo estaba a flor de labios.
Sencillamente él creía en la urgencia de humanizar al científico. Desprenderlo de la placenta de la especialización tecnológica porque se ha alterado el equilibrio. Es decir, manifestaba la urgencia de devolver al ser humano al vínculo hombre - naturaleza como elemento integrador.
Don Joaquín insistía: conforme el hombre investiga, se pulveriza. Se disocia. Hace falta una fuerza centrífuga para reintegrarlo con la naturaleza. Con sus raíces. Hay que devolverlo al vínculo con la naturaleza. Y este grito interior era parte de su mensaje de fraternidad, de esperanza, de amancia.
Casi diariamente tuve oportunidad de recibir lecciones con don Joaquín. En aquellas veladas se cuestionaban ideas en forma real y práctica. Pensaba él la urgencia de forestar nuestro suelo. De sus conversaciones, he aquí un ejemplo de aquel abejeo de ideas:"Salga al campo y vea esas quemas. Nuestro campesino no se da cuenta del gran daño que hace. Ciertamente les facilita el cultivo, pero destruyen las semillas de plantas silvestres que proporcionan fertilizantes.
"Vea cómo se malgasta la madera que sacan de nuestros bosques, olvidando que en el futuro, del bosque habrá que sacar las semillas para repoblar la tierra. De ahí saldrán las nuevas plantas cultivables, las especies vegetales y animales que más tarde serán los domésticos.
"La salvación genética del ser humano está en el potencial apenas investigado de nuestros bosques. Y nuestros gobiernos alcahuetean a los que cortan árboles sin ton ni son, a veces desperdiciando la madera y no se preocupan por la erosión que vendrá cuando la estación lluviosa sea muy fuerte y el suelo no pueda retener el agua. Entonces, vendrán tragedias, inundaciones, llantos y lamentos.
"Ciertamente hay que ayudar al desarrollo, pero también debemos cuidar nuestros árboles. Aprovecharlos como partícipes en la economía, pero explotarlos en forma inteligente y que no se destruyan las grandes reservas forestales. "Se juega con la supervivencia del hombre."Sencillamente pienso en aquel fundamento intelectual y previsor que fue García Monge, sobre todo ahora que estamos en los inicios de un nuevo orden cultural.
Muchos ignoran sus enseñanzas. Pero éstas quedaron en muchas mentes. Muchos de sus temores, desdichadamente se están cumpliendo. Por ejemplo, las inundaciones que suelen acaecer después de un gran aguacero. Sencillamente, no hay árboles que filtren la lluvia. No hay árboles que la lleven al subsuelo. Al faltar la capa arbórea, hemos alterado el precario equilibrio. Ahora comienzan a aparecer fallas geológicas en la reseca tierra. Deforestamos sin misericordia erosionando la tierra. También, dañamos el aire que respiramos. Y en vez de árboles que filtren el agua, abundan las calles pavimentadas, y cuando llueve, el agua corre torrentosa ocasionando desastres e inundaciones. Y los males vienen en cadena.
Pero estamos a tiempo para reaccionar. Reforestemos. Amemos al árbol. Se juega con la supervivencia del ser humano.
EN: Al Día, 17 de marzo de 1993.GARCÍA MONGE,
¿ROMÁNTICO UTOPISTA?A
MANUEL CASTRO FERREROCOSAS DE LA VIDA. ¡Qué iba a pensar que mis columnas de marzo y de abril de 1993 encontrarían resonancias en París! Un remitente, cuya firma es muy ilegible, me cuenta que en 1919 su abuelo le mandó unos recortes a García Monge que reseñaban esfuerzos de Lenín por establecer en Rusia las primeras reservas para proteger los bosques, el agua y la caza.
Él me dice: "entre los papeles que dejó su abuelo hay una carta de García Monge. Le agradece el envío y le cuenta que muchos ticos dejaron de hablarle, porque, en una asamblea pública, mostró muchas dudas acerca del cultivo del ciprés". En efecto, don Joaquín combatía la propagación del ciprés para los suelos de Costa Rica, y había señalado que más bien traerían alteraciones en la vida vegetal y animal.
Los partidarios del ciprés llamaban a don Joaco "romántico utopista" al regar la idea que sembrando árboles "los desiertos florecerían en jardines fructíferos". Lo acusaban de ser elemento quialístico por luchar por la reconciliación entre Hombre y Naturaleza y porque gritaba que se parara la corta de árboles.
Desconocía este episodio. Sí recuerdo algunas expresiones de mi maestro relativa a los cipreses y otras coníferas. Él las combatía en Costa Rica porque en la dispersión natural, nuestros suelos no son los más apropiados para estos árboles. Y aconsejaba sembrar leguminosas para nitrogenar el suelo.
Muchísimas veces lo oí abriendo fronteras mentales. Sobre todo cuando hablaba de las culturas del maíz, y cómo las gramíneas (el maíz), las leguminosas (frijoles), unidas a las cucurbitáceas (ayote, zapallo, chiverre, etc.), junto a los tubérculos (camote, yuca, papa, arracache, etc.) fueron fundamentales para los pueblos amerindios. Y me leyó comentando un trozo de Fernández de Oviedo en que cuenta que en Nicoya, los amerindios evitaban la erosión del suelo sembrando juntamente maíz, frijoles y ayotes. Recuerdo sus relatos de dioses agrícolas de los Mexica y de los Incas. Entonces, sus palabras eran cosa de encantamiento. Me metían en el significado mítico del sentir alegórico para llevarme al sentido moral. Y de esas conversaciones nació la inquietud mía por escribir un libro acerca de los dioses mesoamericanos enfocándolos hacia una agrovisión. Libro que dichosamente ya terminé.
Y conforme me hablaba de plantas alimentarias, brillaba su concepción dinámica del proceso cultural. También me noticiaba de efemérides del trabajo en pueblos de otros continentes. Por él supe de los Vedas, en sánscrito significa conocimiento, o sea filosofía panteísta, expresada en los Rig-Veda, los Sama-Veda, y los Atharva-Veda. A continuación don Joaquín me dio detalles significativos de poemas homéricos y de relatos poéticos de griegos y de romanos donde la agricultura era honrada.
¡Cuánta emoción ponía al exaltar a los anónimos héroes del trabajo agrícola! ¡Cuán impresionante su gratitud hacia los inventores del arado, de otras máquinas para la siembra y la recolección de las cosechas!
Ahora me duele que don Joaquín no dejaran escritas aquellas reflexiones en las que él contrastaba palabras de la Biblia que hablan del trabajo como una maldición o de aquellos mitos de Grecia que cuentan el episodio cuando la princesa Nausicaa lavaba sus ropas en el río como cualquier aldeana.
EN: Al Día, 29 de marzo 1994