LUIS FERRERO-ACOSTA

MARCO RETANA

A MENUDO me llama por teléfono, y durante un buen rato intercambiamos ideas, hablamos del último libro, o me da sus quejas. Bastante escéptico en los últimos años, no se acostumbra Luis a los ultrajes de la vida, y su hipersensibilidad lo lleva a sufrir más la herida de la ingratitud que los demás mundanos habitantes del tierrerito este. Lo comprendo. Nosotros los campesinos aprendimos otro lenguaje, ya en el hogar, ya en el medio. Fuimos ingenuos desde niños; por eo, en la ciudad, se nos engañaba fácilmente. Y se nos sigue engañando. Creados desde el canto del yigüirro hasta el arrullo de la quebrada, bajo las sombras de los bambúes o el chilamate, aprendimos a darle de comer en nuestras manos al ternero o al pajarillo. Y jugábamos con las vacas porque eran buenas, sin esperar cornada; y nos lanzamos a la ciudad creyendo que la gente era buena, hasta que sentimos las astas en los hijares. Algunos ya estábamos preparados para las cornadas porque al fin y al cabo la pala y el machete encallecen las manos... Y a ratos el alma... Otros, transparentes como las agüilillas, siguen con la ingenuidad e los ruedos y los golpes parecen destrozarlos. Por eso es que Luis ha querido desfallecer a veces. Y un día se fue a donde sus amigos y les dijo que no volvería a escribir. Sufría bastante.
¿Cómo va a entender, mi querido Luis, de leyes, contratos y pronunciamientos de contralores, si venía de una tierra y de una época en que un pelo del bigote eran garantía suficiente de honor y lealtad? Hoy te roban el alma y te vendan la catedral metropolitana para que pongas una cría de marranos en ella. Son otros tiempos: son otros espacios. Allá se quedó la Orotina de tus primeros años, tu escuela Primo Vargas, tu pueblo "tranquilo y limpio, tostadito por el sol". Entre cerros y saudades soñaste el valle de Coyochi, cuatro siglos entonces, y de pronto te diste cuenta también de que no sólo las tribus habían desaparecido, sino q7ue el humo de los autobuses hacían toser las calles de Orotina. El siglo se te había metido hasta más de la mitad, y se le va hundiendo con sabores de empuñadura. Te quedan doña Bacha, que espero todavía mire con ternura las violetas africanas de felpudas hojas; tus libros, los que has creado con tu ingenio y paciencia, y los que te han acompañado a lo largo de una vida que sí vale la pena; y, te quedan tus amigos y muy especialmente tus discípulos: esos muchachos y muchachas que por cientos se graduaron bajo la sombra de tu nombre y o guía a la juventud en todos los rincones de nuestra patria.


Y que en confidencias andamos, te contaré una: también soy tu discípulo, no solo porque he aprendido de tus obras, sino porque una noche, allá en nuestro querido puerto de Puntarenas, a donde legaste y yo enseñaba mi español, te invité a visitar mi aula para que los alumnos te conocieran y hablaras un rato acerca de lo que quisieses. Fue la noche en que entendí claramente qué es el ensayo, y cómo la función ancilar, de la que habló tu entrañable Alfonso Reyes, era el servicio gratuito que una disciplina (literatura, belleza, valor espiritual) brindaba a la otra (ancilae) gratuitamente: la no literatura o escrito didáctico. Esa lección jamás fue olvidada, como me acompañan siempre tu Árbol de recuerdos, La Escultura en Costa Rica o Costa Rica precolombina, trilogía clásica de la literatura costarricense.4

EN: La República, 2 de junio de 1983, p. 11.