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Cuentos escogidos

ISBN 9977-23-797-2

Precio sugerido: ˘ 3.000

1 ed., 276 págs. Tel. (506) 253-5354 ext. 122

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Disertación de Albino Chacón realizada en la presentación de Cuentos escogidos (Museo Nacional, 31 de agosto, 2004):

El sentido de la literatura de Quince Duncan en la historia cultural de Costa Rica, a propósito de la publicación de sus Cuentos escogidos.

Albino Chacón

La sociedad costarricense es realmente extraña, paradójica e incluso uno podría considerar que inquietante, por la serie de mitos que tan eficazmente ha construido y que hasta ahora siguen constituyendo los nudos de su discurso identitario. Por eso, antes de referirme de manera específica a lo que representa la escritura de Quince Duncan para la historia y la cultura costarricenses, me detendré algunos minutos en el marco histórico e ideológico que, desde mi punto de vista, han estado en el origen de esos mitos, y que habría que ubicar en la segunda mitad del siglo XIX, cuando comienza a forjarse un cierto sentido de la nacionalidad costarricense.

El proyecto de la modernidad, heredero de las ideas de la Ilustración, que los liberales costarricenses promovieron a partir de la segunda mitad del S. XIX, y el período de cambio de siglo del XIX al XX, se caracterizaron, como bien sabemos, por la puesta en marcha de un proyecto de desarrollo de la instrucción pública, así como por la inserción del país en la economía mundial, gracias a las exportaciones de café, lo que aumentó considerablemente el intercambio de bienes con el extranjero, tanto materiales como simbólicos, pero étnicamente fue un proceso restringido, excluyente y limitado.

En este sentido, es necesario señalar el carácter fuertemente etnocentrista del mito de la nacionalidad y de la democracia costarricenses que comenzó a desarrollarse en la época, nociones muy imbricadas en el imaginario histórico costarricense aún hoy. Abelardo Bonilla, figura epónima de las letras costarricenses, expuso claramente y se hizo eco de lo que podemos denominar los cuatro mitos de la nacionalidad costarricense. En su Historia de la literatura costarricense (1967), Bonilla escribe:

"La nacionalidad costarricense se formó sobre la base escasa de los conquistadores y colonizadores españoles, puesto que al llegar Colón a nuestras playas del Atlántico, la población indígena avanzaba rápidamente en el declive de la desaparición. Y se formó casi exclusivamente en los 2.000 kilómetros cuadrados de la Meseta Central. La sociedad colonial fue pobre por su pequeñez numérica; no consiguió organizar el trabajo colectivo agrícola o minero y no dispuso del régimen de encomiendas que en otras partes hizo posible el desenvolvimiento inicial con cierta forma de feudalismo".

Varios aspectos de esta cita merecen nuestra atención. Para empezar, el estereotipo de que la nacionalidad costarricense -que constituye el punto de referencia, el gran sujeto, de todo el párrafo- se formó a partir de los colonizadores españoles: más que conquistadores, Costa Rica habría tenido colonos. Esta idea se encuentra en la base misma del mito de "Costa Rica la blanca", heredera cultural y biológica de España. El otro mito, complementario del anterior, cultivado durante muchísimo tiempo y, además, presentado como una ventaja cualitativa del país en el contexto centroamericano y más allá, consiste en afirmar que en Costa Rica casi no hubo población indígena. Si hoy en día la población indígena es mínima, ello no se debería al hecho de que hubiera sido maltratada o explotada durante la colonia, sino a que desde el período de la conquista ésta era poco numerosa, prácticamente insignificante. El tercer mito pretende que la cuna de la nacionalidad costarricense haya sido el Valle Central, ahí donde se instalaron los españoles y sus descendientes. El cuarto mito, que se deriva de los demás, es el del nacimiento de la democracia costarricense; puesto que los indígenas eran poco numerosos y en el territorio nacional no había casi minerales de valor explotable, la sociedad colonial costarricense era tan pobre que los españoles, a falta de mano de obra qué repartirse, debieron ponerse ellos mismos a trabajar muy duro las tierras para poder vivir. Esto habría evitado la formación de grandes latifundios y, al mismo tiempo, propiciado la conformación de una sociedad homogénea, sin los desgarramientos étnicos y diferenciaciones sociales conocidas en otras regiones de América Latina.

Pero lo cierto es que el proyecto de modernización, que siguió operando según su concepción original en buena parte del siglo XX, tuvo como sujeto único a la población blanca, y como área de desarrollo "natural" el Valle Central del país. La asimetría creada desde el inicio ha perdurado durante todo este siglo; como muestra de lo anterior puede señalarse el hecho de que no fue sino bajo la primera administración del presidente José Figueres (1948-1953) que el estado reconoció a los negros la ciudadanía costarricense, no obstante que miles de éstos habían nacido en el país desde el siglo pasado. Peor ocurrió con los indígenas guaymíes, que no recibieron su documento de identidad que los acredita como costarricenses sino en 1990, luego de que lo único que se les había otorgado, mediante una ley expresa, era una cédula de residencia, por irónico que parezca. Interesa destacar que, a diferencia de la actitud hacia la población negra, el componente indígena ha encontrado menos resistencias para ser integrado en lo que el imaginario nacional considera como el ser nacional, por lo menos en lo que se refiere a las raíces ancestrales.

En 1869 el gobierno costarricense decretó el "Reglamento de Enseñanza Primaria", que establecía la instrucción gratuita y obligatoria en las escuelas primarias. Evidentemente, esta ley no podía ser aplicada más que ahí donde existían escuelas o había un interés por construirlas, lo que excluyó de entrada a las poblaciones negras e indígenas. Estos últimos no tenían escritura, no hablaban español y no había interés en integrarlos al proyecto de desarrollo nacional. Por su parte, las comunidades negras de la región debieron organizarse para construir sus escuelas en lengua inglesa, ligadas a las iglesias adventista, bautista y anglicana, elementos ambos que los separaban aún más del Estado costarricense y del resto de la población, de lengua española y católica. Las diferencias y conflictos entre los grupos étnicos blanco y negro no se hicieron esperar, como lo muestra una petición presentada al Congreso en julio de 1933, firmada por 543 habitantes blancos de la ciudad de Limón, la cual consta en los Archivos Nacionales, Sección Legislativa, Nº 16753, y que Quince Duncan y Carlos Meléndez refieren en su libro El negro en Costa Rica (1972):

"Queremos referirnos especialmente al problema negro, que es de trascendental importancia, porque constituye en la provincia de Limón una situación de privilegio para esa raza y de inferioridad manifiesta para la raza blanca a que pertenecemos. No es posible llegar a convivir con ellos, porque sus malas costumbres no lo permiten: para ellos no existe la familia, ni el honor de la mujer, y de allí que vivan en un hacinamiento y una promiscuidad que resulta peligrosa para nuestros hogares fundados de acuerdo con los preceptos de la religión y las buenas costumbres costarricenses […] Es por eso que venimos […] a pedir al Soberano Congreso Constitucional […] ponga remedio a esta situación humillante en nuestra propia patria por una raza inferior a la nuestra, que no tiene ningún derecho para invadir nuestros campos, nuestras ciudades y nuestros hogares […] En definitiva bien puede dictarse una ley prohibiendo el ingreso de negros al país así como su naturalización por ser una raza inferior a la nuestra".

Toleradas en un primer momento por considerarlas necesarias para realizar trabajos que la población costarricense no estaba dispuesta a realizar, pronto las migraciones de origen no europeo comenzaron a ser consideradas como peligrosas y atentatorias contra el orden social, la salud pública y las buenas costumbres, como lo muestra también la siguiente cita, de 1875, publicada en la Gaceta Oficial, junio 19 de 1875, recogida también por Duncan y Meléndez, referida a la migración china del s. XIX, la que había precedido a los negros como masa trabajadora en la construcción del ferrocarril:

"Los chinos, en lo general los que vienen como concertados, tienen vicios de educación altamente perjudiciales a nuestras costumbres, al mismo tiempo que tienen males de organización o de raza más perjudiciales aún a la salud pública. En lo general son jugadores y ladrones; insubordinados, crueles y vengativos cuando se consideran en mayor número y más fuertes: el abuso del opio y la decidida inclinación al suicidio contribuye a que desprecien la vida haciéndolos peligrosos, principalmente para el servicio doméstico. Por lo que hace a los defectos orgánicos, la experiencia ha demostrado que la raza china inmigrante tiene en sí misma un principio o gérmen de una de las enfermedades que más daño han causado y causan a la humanidad y que parece que se desarrolla de una manera mortal con la unión con nuestra raza. Por estos motivos, el Gobierno no permite más inmigración china y trata hoy de traspasar los contratos de los que existen en servicio del ferrocarril. A pesar de que éstos, como peones de trabajo, son de los mejores, está convencido que son inferiores y cuestan más caro que los trabajadores del país".

Con lo anterior, quiero mostrar que los nuevos conceptos de multiculturalidad, de diversidad cultural, de pluralidad no son construcciones históricas de la sociedad costarricense, sino construcciones culturales muy recientes apenas en proceso que buscan contradecir la idea hegemónica de homogeneidad racial, cultural, social de la sociedad costarricense y mostrar el carácter múltiple, incluso conflictivo, de ésta. En esta línea es que precisamente ha descollado la figura de Quince Duncan desde su época de líder estudiantil, y desde los años 70 mediante su escritura literaria y ensayística, cuando publicó en 1970 Una canción en la madrugada, conjunto de cuentos que se recoge en sus Cuentos escogidos, junto con La rebelión pocomía, éste publicado en 1976. Y es que el lugar que ocupa Quince en la historia de la literatura costarricense fue único y sigue siendo único, en la medida en que inauguró en nuestro país lo que en literatura se llama una serie literaria, en este caso la de la narrativa afrocaribeña costarricense. De ahí el papel fundacional, como inaugurador de una nueva serie, que en nuestra literatura tiene el libro Una canción en la madrugada. Duncan inauguró la narrativa afrocaribeña costarricense hace 34 años y hasta hoy sigue siendo su único exponente, lo cual por supuesto no deja de llamar la atención dentro de la historia cultural costarricense. En poesía se encuentran dos casos, el de Eulalia Bernard y más recientemente Delia MacDonald.

Aunque no es el caso específico en esta ocasión, podemos de paso mencionar que, en el caso de los pueblos indígenas, no encontramos aún en Costa Rica un solo caso de un escritor, como sí se encuentran entre los quechuas en el Perú o en Bolivia, o entre los mapuches en Chile, la rica producción indígena ecuatoriana, o más cercanamente a nosotros los casos del poeta kuna panameño Aristeydes Turpana, con una obra y un importante reconocimiento en las letras panameñas, o el caso aún más reconocido internacionalmente del poeta indígena guatemalteco Humberto Ak'abal. Dentro de ese panorama, como vemos, Costa Rica tiene una gran deuda cultural, y quizás eso nos pone en una perspectiva más realista y menos mistificada los conceptos que nos gusta tanto enarbolar de sociedad pluralista, abierta, tolerante. En realidad, la historia cultural costarricense no ha sido ni pluralista, ni abierta, ni tolerante.

De lo anterior podemos deducir, de manera entonces aún más fehaciente, el papel de Quince Duncan, el gran visibilizador de la cultura negra en la historia costarricense, a través de conferencias, de mesas redondas, sus estudios ensayísticos e investigativos sobre el tema de la negritud y sus escritos literarios.

En efecto, la literatura costarricense de los años 70 vio aparecer en este autor el primer escritor costarricense negro en denunciar el fenómeno del racismo, a la luz de los conflictos sociales y culturales de la época. Sus relatos se centran en la temática social y cultural de los afrodescendientes en nuestro país, y denuncian una realidad dramática que atrapa a sus personajes y los hace debatirse en un mundo adverso y distante, principalmente cuando los ubica en el espacio de la zona bananera. Pero al mismo tiempo, junto con lo anterior, Una canción en la madrugada y La rebelión pocomía, en la mirada y la palabra del escritor, nos muestran la intimidad de unos personajes vitales, sensibles, solidarios, y los ritos cotidianos y domingueros que nos hacen entrar en el mundo limonense. Algo que muy a menudo está en medio en los cuentos de Duncan es la familia, elemento central en la narrativa de este autor, y con ello un fuerte matriarcado, como elemento constitutivo de la sociedad limonense.

Cuentos escogidos reúne un conjunto de cuentos donde desfilan personajes de origen jamaicano que viven una agobiante situación económica, pero que llevan en sí principios de vida férreos heredados de sus núcleos familiares donde aún se respira la solidaridad, la lealtad y la esperanza, en medio incluso de los prejuicios, de las contradicciones y los desencuentros. En los cuentos de La rebelión pocomía, más trabajados literariamente que los relatos cortos de Una canción en la madrugada, a la par de la línea temática que ya habíamos visto en sus primeros cuentos, Duncan incursiona de manera más clara en otra veta importantísima en su escritura, los cuentos políticos, en los que se sale del marco de la cotidianeidad limonense y pasa revista a hechos de la historia política, en especial aquellos que tienen que ver con los acontecimientos de la revolución de 1948. De hecho, Duncan es ante todo un hombre político, y eso no solo lo vemos en sus ensayos sobre la cultura negra, sino en la mirada que lanza en mucha de su literatura sobre la vida política nacional, que habrá de culminar en su libro más conocido, Final de calle, su libro más meseteño, y por lo tanto el libro suyo que se sale más claramente de la serie literaria afrocaribeña. Por lo demás, este último es una de las pocas novelas que en la literatura costarricense han tenido como centro los hechos violentos de la guerra de 1948, con la particularidad del contrapunto sucesivo y cambiante que el narrador lanza sobre los contendientes, que a mi modo de ver el escritor logra, y esto planteado por supuesto de manera hipotética, por la experiencia vital y de escritura que el autor había tenido previamente en la observación del encuentro entre blancos y negros en el atlántico costarricense.

Si hay algo que se aprecia en los diversos libros de Duncan, es la coherencia y consistencia, anunciada ya en Una canción en la madrugada, de su planteamiento estético y de su propuesta ideológica alrededor del tema de la negritud, de la convivencia cultural, de la recuperación vital de los mitos ancestrales, de la presencia de la oralidad afrocaribeña. Ese es el gran aporte de Quince Duncan al conjunto de la cultura costarricense, y de manera particular a la literatura nacional. Al expandir los horizontes del canon literario costarricense, expandió los horizontes mismos de lo que somos, de cómo nos identificamos y concebimos. A partir de Una canción en la madrugada, de La rebelión pocomomía, de Los cuatro espejos, de La paz del pueblo y de tantos otros textos de Quince Duncan, la cultura y la sociedad costarricense ya no serían más las mismas.

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