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Cuento
de Yolanda Oreamuno
La lagartija de la panza blanca
(Un cuento para hombres-niños de imaginación grande)
Dicen que había una vez doña Anacleta. Doña
Anacleta dicen que escondió a Morazán. En una cueva.
Así negra, seguramente grande, con pedruscos enormes. En
el corazón de una montaña. Porque las montañas
tienen corazón; de eso estoy segura; de lo que no estoy segura
es de conocer a doña Anacleta y mucho menos a Morazán.
La cueva desgraciadamente está en Tres Ríos y no en
Guanacaste. Tenemos el hábito de buscar todo lo bonito, todo
lo pictórico y típico en Guanacaste; pero yo lo siento
mucho: la cueva está ciertamente en Tres Ríos. Allí
no hay seguramente llanuras que se llenen de barro y agua en invierno
y que se rebosen de sol en verano; no hay inmensidades ni montañas
que se derramen chorreadas sobre la maravilla de la planicie. No
hay todo eso. Pero hay árboles azules con el tronco morado
y hay montañas, sí, seguramente. Y hay bonitos rincones
de sombra y caminitos pincelados sobre el pasto.
Pero esto es ahora. En "esos tiempos", yo no sé.
Porque todo esto sucedía en "esos tiempos" en Cartago.
Esto quiere decir una época que se puede situar en el lugar
de la historia que nos guste más; podemos vestir a las señoras
de crinolina y tontillo, o ponerles camisas de gola. Había,
pues, una señora venida a menos. Ahora caigo en la cuenta
de que la señora como vino a menos, debió usar primero
crinolina y tontillo y luego, camisa de gola. Bueno, no importa.
La señora tenía también hijas.
Las hijas estaban en inminente peligro. Desde luego. No había
plata en la casa. Su equilibrio moral... Bueno, su equilibrio moral
amenazaba. Ya se ve. Eran lindas y así... dulzonas, lechosas.
Debía ser muy lindo todo aquello. Pero así, o por
eso, la señora sufría. Sí. Sufría mucho.
Tenía mucho miedo por sus hijas ñatonas y buenazas.
Seguramente las rondaban a caballo, y les cantarían serenatas
y las muchachas debían mover mucho las enaguas. Y lavaban
el piso, porque una debía cocinar, la otra hacía la
casa y la otra... Bueno, yo no sé si se puede repartir el
oficio sin saber cuántas eran... La señora se fue
entonces a la cueva a pedirle al er... Se me olvidaba decir que
la cueva tenía un ermitaño. Y era muy bueno, y estaba
muy flaco, y hablaba despacito, y en las tardes veía ángeles
blancos. La cueva tenía piedras grises y el ermitaño
soñaba con Dios.
La señora fue y le pidió. El ermitaño rezó.
Siempre rezaba, y rezaba con gran fe. Le dijeron los ángeles
blancos...
Y entonces el ermitaño estiró la mano. Una mano de
brujo, flaca y pálida, con grandes uñas como ríos
en una tierra morena, con tilintes nervios como grandes costuras,
para darle lo primero que viera. Antes había estado con los
ojos al cielo, muy celestes y muy iluminados, y luego los había
bajado resbalando sobre las paredes, sobre toda la tierra, sobre
el musgo, sobre las hojas secas, y allí, estaba una lagartija.
Aquello era, no había duda, lo que él tenía
que darle a la señora. No se le ocurrió seguramente
pensar al ermitaño en el poco valor de una lagartija, porque
estiró su mano de brujo y la lagartija se puso quieta, agarró
con su mano de brujo y la lagartija se puso tiesa, dura, fría
y pesada.
La señora hizo con las suyas un nido de recogimiento y credulidad
para recibir. Puso los dedos entrelazados. Así... Uno sobre
el otro y las dos palmas se ahuecaban cascarosas y rajadas, y los
ojos miraron el nido hechos despabilamiento de admiración.
El ermitaño entonces vació la extraña joya:
la lagartija cubierta de esmeraldas por encima y por debajo, porque
todavía no tenía la panza blanca.
Y ella se fue. Por el camino pincelado en el pasto, por la verja
de árboles estatuados contra el caminito.
Y fue a valorar la joya donde el viejo avaro que tenía manos
de santo. Pero la señora no quería tantos doblones,
u onzas, o la moneda de "aquel tiempo". Le bastaba con
menos; con muchísimo menos. Ella se avergonzaba de la cantidad
que se negaba a oír. Entonces el viejo arrancó las
esmeraldas de la panza. De la panza para que no se viera mucho y
pagó.
La señora puso casa. Las hijas buenazas, ñatonas y
que movían las enaguas se casaron seguramente con el caballero
que las rondaba a caballo y que les cantaba serenatas por la noche.
Y la señora pensó que no iba a necesitar más.
Era mucho lo que tenía su humilde felicidad. ¿Para
qué más? Subió al día siguiente por
el senderito de la montaña con el nido de las manos hecho
unciosa y amorosamente. Un nidito de fe hecho con pajitas de cariño
y calentado con lágrimas de agradecimiento.
Dicen que el ermitaño cogió la lagartija con sus manos
de brujo, y la lagartija dejó de ser fría, inerte
y pesada y dicen también que la puso en el suelo y la lagartija
echó a andar.
Y también cuentan que desde "aquel tiempo", todas
las lagartijas allí en los alrededores de la cueva de piedras
grises y musgo verde, por los caminitos de la cuesta de la montaña
entre los árboles azules de tronco morado, y por donde la
señora subió y por donde la señora bajó,
tienen la espalda verde y la panza blanca.
Esto lo cuenta un viejo. De manos de brujo. Y dice que es cierto.
Todo es sencillo y arrullón y tembloroso. Así... Bueno...,
suave y tranquilo como debía de ser todo en "aquel tiempo".
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